Es noche y, en realidad, no es tarde, pero yo soy de aquellos que suelen dormir temprano tan solo para intentar olvidarse de los errores y los malos momentos del día. Pero no hoy.
Hoy llueve y la lluvia resulta, para mí como para muchos otros, tan hermosa y tan seductora como un beso lanzado al aire o la luna llena para los enamorados.
El sonido me llena, me empapa. Me hace sentir las palabras y no puedo evitar no escribirlas. Puedo escuchar ahora las gotas golpear el techo de la casa contigua, como queriendo entrar, como cantando una serenata casi inaudible.
Pienso, y cuando pienso quisiera no hacerlo porque el pensamiento atrae a los recuerdos y los recuerdos a las lágrimas: lluvia del corazón que deja a veces de ser bella pero igualmente seductora.
Silencio.
Silencio, y la luz del relámpago vuelve a iluminar el cielo. Celoso relámpago que, narciso y bello, quiere sentirse día en un segundo. Luego oscuridad. Oscuridad temida como temida es la muerte, pero hoy entiendo que a la muerte y a lo oscuro temo solo porque no se que habrá tras una o la otra.
Por ello prefiero sentirme seguro envuelto de la oscuridad, porque no le conozco y ella no me conoce a mí. Solo me queda esperar a que se prenda otra luz, mientras tanto no dormiré.
Y las palabras se van.
Y vuelve a llover.
Agua de Calcetín.
Hace 10 años


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